Loa -involuntaria- de la mentira
La verdad tiene mala acogida en España. Aquí miramos con desconfianza a los hechos y los rebajamos, casi siempre, a la categoría de meras opiniones. Lo convertimos todo en opinión, enfangamos el debate y de esa turbamulta nada bueno sale; todavía tenemos que dar gracias de no acabar a hostias antes siquiera de habernos dado cuenta de hacia qué lugar ignoto ha derivado la conversación.
Viene todo esto a cuenta de lo de Contador y lo de Garzón, temas estrella de la semana y que no voy a tocar más que tangencialmente, no vaya a ser que alguno se apresure a cerrar la pestaña del navegador a la vista del pico que pueda derivar en la sobredosis de estos asuntos.
El caso es que ayer era complicado encontrar una reacción sobre la sentencia de Garzón que no fuera puro maniqueísmo o demagogia de una tosquedad enfermiza. Los hechos habían pasado a un segundo plano. O a un tercero. A Garzón no le había condenado el Tribunal Supremo sino “los fachas”, y se debía a que había “investigado la corrupción del PP”, no a que había realizado escuchas ilegales que vulneraban el derecho de defensa.
Llegamos hasta el punto de que un diputado del Congreso Español se permitía el lujo de declarar inocente por su cuenta y riesgo a Garzón y de no respetar ni acatar (?) la sentencia del TS.
Lo de Contador no tiene demasiado que ver, pero abunda en el mismo desprecio por la verdad aseverando que le condenaron sin pruebas cuando la prueba básica y primigenia son los 50 picogramos de clembuterol que tenía en su cuerpo, que nadie ha negado que tuviera y cuya presencia no ha podido explicar de manera razonable.
Pues bien, en prensa y radio los opinadores, profesión promedio del español, se rasgaban las vestiduras hablando de injusticia y recalcando la falta de pruebas, cuando no haciendo lecturas torticeras del laudo del TAS con la única intención de confundir, desinformar, al fin y al cabo, al lector y al oyente. El periodismo, que debería ser narración de los hechos, los desprecia. Todo por defender el honor de un tipo que, como tantos otros en su deporte, hizo trampas.
Al final, sin ser mi intención, he acabado hablando más de la cuenta de los dos temas ya trilladísimos. Se puede decir que les he mentido cuatro párrafos atrás. A fin de cuentas, no sé que esperaban.
Soy español.
