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Arenas

Esta portada de 1996. No como metáfora, como sinécdoque.

16 años después, Arenas se preparaba para gobernar Andalucía con mayoría absoluta. Tan clara era la aplastante victoria que casi pudo aparecer Griñán a lo Truman, con un periódico del día siguiente impreso antes de tiempo, y si no lo hizo no fue tanto por falta de ganas como, seguramente, porque no queda bien salir al balcón con la portada de un periódico digital impresa.

Lo cierto es que Arenas, más allá de otras consideraciones sociológicas o festivas, puede haber empezado a darse cuenta de que en Andalucía no se le quiere. Él y quien ha permitido que siga ahí no tendrán hasta dentro de muchos años una ocasión similar para arrebatarle el gobierno andaluz al PSOE. Es el problema de la autocomplacencia, otro de los males endémicos de la política de partidos en España.

El Partido Popular, y ya nos alejamos de Andalucía, tiene un problema grave en su funcionamiento. Es imposible ilusionar a la gente con alguien que lleva el estigma del perdedor asociado irremisiblemente a su nombre. Al propio Rajoy se le votó con hastío, como único mal menor posible ante un zapaterismo que destruía empleos a la misma velocidad con que su líder aprendía economía con Sevilla.

Pero creo que el problema profundo está en la propia concepción del partido. Decía David Pérez en Twitter que mucha gente estaba buscando un partido liberal de verdadY no una pandilla de meapilas opusinos, añadía, señalando el problema. Y es que frustra pensar que a políticas económicas, ejem, liberales, tienen que asociarse ideas rancias y trasnochadas en casi todos los demás aspectos de la cosmovisión pepera.

Y es que habrá quien vote con la nariz tapada pero algunos, y no creo que seamos pocos, no podemos.


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Un poco de música religiosa

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Loa -involuntaria- de la mentira

La verdad tiene mala acogida en España. Aquí miramos con desconfianza a los hechos y los rebajamos, casi siempre, a la categoría de meras opiniones. Lo convertimos todo en opinión, enfangamos el debate y de esa turbamulta nada bueno sale; todavía tenemos que dar gracias de no acabar a hostias antes siquiera de habernos dado cuenta de hacia qué lugar ignoto ha derivado la conversación.

Viene todo esto a cuenta de lo de Contador y lo de Garzón, temas estrella de la semana y que no voy a tocar más que tangencialmente, no vaya a ser que alguno se apresure a cerrar la pestaña del navegador a la vista del pico que pueda derivar en la sobredosis de estos asuntos.

El caso es que ayer era complicado encontrar una reacción sobre la sentencia de Garzón que no fuera puro maniqueísmo o demagogia de una tosquedad enfermiza. Los hechos habían pasado a un segundo plano. O a un tercero. A Garzón no le había condenado el Tribunal Supremo sino “los fachas”, y se debía a que había “investigado la corrupción del PP”, no a que había realizado escuchas ilegales que vulneraban el derecho de defensa.

Llegamos hasta el punto de que un diputado del Congreso Español se permitía el lujo de declarar inocente por su cuenta y riesgo a Garzón y de no respetar ni acatar (?) la sentencia del TS.

Lo de Contador no tiene demasiado que ver, pero abunda en el mismo desprecio por la verdad aseverando que le condenaron sin pruebas cuando la prueba básica y primigenia son los 50 picogramos de clembuterol que tenía en su cuerpo, que nadie ha negado que tuviera y cuya presencia no ha podido explicar de manera razonable.

Pues bien, en prensa y radio los opinadores, profesión promedio del español, se rasgaban las vestiduras hablando de injusticia y recalcando la falta de pruebas, cuando no haciendo lecturas torticeras del laudo del TAS con la única intención de confundir, desinformar, al fin y al cabo, al lector y al oyente. El periodismo, que debería ser narración de los hechos, los desprecia. Todo por defender el honor de un tipo que, como tantos otros en su deporte, hizo trampas.

Al final, sin ser mi intención, he acabado hablando más de la cuenta de los dos temas ya trilladísimos. Se puede decir que les he mentido cuatro párrafos atrás. A fin de cuentas, no sé que esperaban.

Soy español.

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elpandemonium:

Daniel Castan.
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Marc Riboud - Actress Gong Li, China, 1993

Marc Riboud - Actress Gong Li, China, 1993

(Fuente: birdsong217, vía monkeyknifefight)

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La conjetura de Poincaré

En 2003, Gregori Perelman demostró la conjetura de Poincaré, uno de los problemas que llevaba atormentando a los matemáticos desde principios del siglo XX. La hipótesis, que sostenía que la esfera tridimensional es la única variedad compacta tridimensional en la que todo lazo o círculo cerrado se puede deformar en un punto pasó así a convertirse en teorema: el Teorema de Poincaré-Perelman.

Hasta ayer por la noche los madridistas creíamos que había alguna forma de sobrepasar a Puyol en un partido entre Madrid y Barça, pero nadie había llegado a demostrar semejante extremo. Hasta tal punto llegaba la obsesión que parecía que en la Masía había una de esas cápsulas como las que utilizaban para conservar a los muertos en Ubik, pudiéndolos resucitar de tanto en tanto para hablar con ellos, o en este caso para jugar contra el odiado enemigo centralista.

Tuvo que ser otro tipo extraño, como Perelman, quien diera por fin demostración a esta otra cojetura. Ayer, con liviano esfuerzo, Karim Benzema ejecutó un sombrero magnífico sobre la cabellera del golem catalán, acomodó el balón con su muslo y perforó la portería de Pinto.

Dio así solución a la hipótesis de Puyol, ahora teorema de Puyol-Benzema, y demostró que, si bien no una medalla Fields, igual si merece ganar un Balón de Oro algún día.

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earthspacelove:

Reflecting on Work 
A close-up of Astronaut John Grunsfeld shows the reflection of Astronaut  Andrew Feustel, perched on the robotic arm and taking the photo. The  pair teamed together on three of the five spacewalks during Servicing  Mission 4 in May 2009.

earthspacelove:

Reflecting on Work

A close-up of Astronaut John Grunsfeld shows the reflection of Astronaut Andrew Feustel, perched on the robotic arm and taking the photo. The pair teamed together on three of the five spacewalks during Servicing Mission 4 in May 2009.

(vía elpandemonium)

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Una semana en el motor de un autobús

Leo a Belfast Boy hablar de Una semana en el motor de un autobús y automáticamente abro el iTunes para escucharlo.

Es como un acto reflejo.

Yo llegué tarde a Los Planetas; tarde y descontextualizado. Al principio era imposible inhibirse a la diversión de canciones como Pesadilla en el parque de atracciones o Un buen día, pero yo no entendí a los granadinos hasta el día que escuché de principio a fin su obra maestra.

Una semana hay que escucharlo así, de seguido. Hay singles, sí, sobre todo por el lado más pop del album (La playa, Desaparecer), pero el disco es un todo en el que las partes se refuerzan mutuamente y se dan sentido. El inicio de todo es Segundo Premio, un comienzo desgarrador, una historia de desamor que se debate entre la melancolía (es imposible que hayas olvidado / lo que los dos podíamos hacer) y el resentimiento (Y si esto te hace daño / si te puedo hacer sufrir / ha servido para algo / al menos para mí). El segundo premio del título es el dolor de la persona a la que amaste, esa mezquindad tan humana.

Después, una sucesión de episodios que nos llevan de la mano a través del odio, el miedo, la necesidad de evasión -y por tanto, claro, las drogas, como idea que subyace en todo el disco; un leitmotiv que intoxica toda la obra y le da realidad. Un ejercicio de catarsis que termina con Línea 1 (“la vida de una generación”, como dijo la meseta über alles) y que da paso al renacimiento: La Copa de Europa, experimental, oscura, compleja, épica.

Cuánto tiempo he perdido ahí afuera,
cuanto por descubrir en mi cabeza.
Es tan vasto
que da casi pereza.
Casi pienso que no tengo fuerzas
para hacerlo
y encontrar dentro de mí
algo nuevo.

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thefootballarchivist:

April 1923: Crowds at the turnstiles before the FA Cup Final between West Ham United and Bolton Wanderers at Wembley Stadium, aka the White Horse Final. It was the first final to be held at the newly completed venue, with an estimated attendance of at least 200,000.

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April 1923: Crowds at the turnstiles before the FA Cup Final between West Ham United and Bolton Wanderers at Wembley Stadium, aka the White Horse Final. It was the first final to be held at the newly completed venue, with an estimated attendance of at least 200,000.

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